LA ANTIGUA METRÓPOLIS

Blas caminaba entre los escombros de la antigua metrópolis. Pensaba en su jefe, tan anodino siempre, nada empático, prepotente. El día anterior le había gritado, hasta la saciedad, por una pequeña fuga que no había sido capaz de sellar. Él le había intentado explicar que en ese momento estaba solo y, aun así, había conseguido reparar un error grave del sistema que hubiera hecho explotar toda la central. Pero no le había escuchado. Su trabajo le asqueaba hasta el punto de querer aprender cifras para dejar de manejar las máquinas y cambiar de oficio dentro de la central nuclear, sin embargo, no era capaz.

Tras la pandemia de 2020 únicamente habían sobrevivido los de la central. El alto nivel de radiación en sangre que poseían los trabajadores evitó que murieran por el virus, incluso cuando se habían contagiado un año tras otro. Para entonces, no quedaba nadie que pudiera corroborar científicamente este hecho. Estaban solos. Habían tenido que aprender oficios nuevos, dentro de sus posibilidades, aptitudes y voluntades. Los edificios se dejaron de mantener y cayeron desplomados al suelo con el paso de los años. Blas y el resto de los trabajadores de la central eran los hijos de los supervivientes de la catástrofe. Había nacido en 2030 y a sus treinta años no conocía casi nada. Solo las ruinas de lo que un día fue una ciudad maravillosa, la central nuclear (construida con grandes muros de hormigón imposibles de destruir) y las cuevas construidas por los hijos de los trabajadores de la fábrica que se habían especializado en dicha labor, como si de litófagos se tratara. Solo podían comer insectos, no había otra cosa. Era lo único comestible que había sobrevivido a la catástrofe.

—¡Estúpido engreído! No tiene sentido del humor, si al menos tuviera un matrimonio feliz, seguro que no sería tan borde. ¡Estúpido! Bien engominado que va, para lo único que le llegan las ideas. Para peinarse. Pues si no se hubiera casado con la hija del jefe de producción, a buenas horas estaría él en ese puesto ahora…

Todo esto se iba diciendo en voz alta hasta llegar a la cornucopia que había descubierto con apenas tres años de edad. En una de las salidas que los chiquillos hacían por las tardes, él se había perdido y había topado con el espejo.  Sus brazos parecían llamarle, su brillo de deslumbró. Hasta pareció que le hablaba, cuando el sibilante viento rozó la talla dorada de su ancho marco.

Giró la gran avenida, que había quedado reducida a la mitad por los cascotes que almacenaba, cuando de pronto tropezó con una ajabeba. La tomó entre sus manos y observó que aquel sencillo instrumento elaborado con una caña había sido decorado con un delicado doradillo sobre los adornos circulares tallados en su base. Tuvo ganas de llevársela a los labios y soplar, que sonara una alegre melodía en medio de toda la destrucción que le rodeaba, pero entonces se detuvo. ¿Y si ocurría como con el espejo? ¿Y si esa flauta al sonar también lo transportaba? La guardó en el bolsillo aplazando la decisión. Tenía hambre, necesitaba llegar al espejo y obrar de nuevo el milagro. Ese que le había salvado la vida. Ese que le había alimentado.

Como no era capaz de comer insectos, su madre había alargado el destete todo lo posible. Al descubrir que a través de la cornucopia podía viajar en el tiempo, se había salvado. Se detuvo ante el mágico espejo y deslizó su dedo índice por todo el marco, como la primera vez. Al minuto, aparecía frente el reloj de madera con péndulo y cadenas dorados. Sentado en el tresillo de terciopelo con los tapetes de ganchillo, a juego con el de la mesilla de enaguas y brasero. Viendo la televisión y observando con curiosidad, de nuevo, los retratos que el mueble, sencillo pero recargado en decoración, exponían.

—¡Blas! —dijo la abuela mientras se levantaba sonriente—¿cómo estás hoy, cariño? ahora mismo te sirvo un plato de sopa, ¡verás que bueno me salió ayer el cocido!

Y entonces la abuelita se dirigía hacia la cocina, tomaba un poco de caldo de la olla y lo aderezaba con todo tipo de carnes, además de garbanzos y verduras. Lo calentaba todo en un cacillo metálico mientras disponía sobre la mesa un mantel, cubiertos, pan y servilletas.

Su delicado estómago, ese que tendría que haberse acostumbrado a comer insectos, digería de maravilla las comidas elaboradas por su abuela, esas hechas con tanto mimo y, por supuesto, con ingredientes naturales.

Su mirada perdida contemplaba los retratos mientras recordaba las risas de sus compañeros a las bromas de la hora del almuerzo. Como él no comía, no paraba de charlar. En ese momento algo le llamó poderosamente la atención. Algo que antes no había percibido. Entre los retratos del mueble, entre esas fotos de su padre, su madre, sus tíos…Había una foto que no había visto antes. Se levantó y, acercándose, recordó haber visto ese marco asomando entre las otras fotos. Ese rostro…

Tomó el marco entre sus manos y lo observó de cerca. En ese momento asoció ideas y se quedó petrificado.

—Es tu primo Yago. ¿A que es guapo? La semana pasada estuvo por aquí. Me ha dicho que es jefe en la central nuclear. Estaba un poco tristón, tiene que lidiar a diario con sus empleados y no es nada fácil. ¡Seguro que lo conoces!

La abuela sonreía alegre mientras el humo de la sopa que sostenía entre sus retorcidas manos hacía borroso su rostro.

—No sé…de vista, quizá.

«Pues claro que lo conozco» pensó. Lo que no se explicaba era cómo no sabía que era su primo. Ni cómo era posible que él también viajara en el tiempo. ¿Acaso lo seguía? ¿Acaso lo espiaba?

Ese día no se quedó a ver el «Sálvame» con la abuelita. Se marchó rápido. Fue directo al hueco en la cueva que pertenecía a su desalmado jefe.

—¿Así que eres nieto de Pepita?

—¡Blas! ¿Qué hace usted aquí, en mi casa?

—¡Respóndeme! Tú también la visitas… ¿cómo sabes lo de la cornucopia?

—Yo…yo… lo siento. Intentaba hablar contigo. Un día te fuiste muy enfadado conmigo. Yo siempre pretendí ser justo con todos. No te imaginas lo difícil que es ser el jefe. No te lo imaginas. Te seguí. Quería hablar contigo, pero no me atrevía. Te seguí entre los escombros. Y entonces vi cómo ascendías por una montaña de cascotes y acariciabas ese espejo. De repente, desaparecías. Te esperé. Esperé a que volvieras. No sabía si lo harías. Ignoraba dónde estabas, qué había ocurrido. Se hizo de noche, pero continué esperando. De pronto vi un destello. Ligero pero contundente. Un único destello, que me cegó. Cuando volví a abrir los ojos, estabas ahí. Me oculté, era casi imposible que me vieras debido a la oscuridad, pero me escondí. Minutos después me acerqué al espejo y pasé la mano suavemente por el marco, como tú habías hecho. Un segundo después estaba en casa de mi abuela. De esto hace ya muchos años. Éramos unos adolescentes. Al verte en una foto, con la abuela, le pregunté. Ella me dijo que eras su nieto. Entonces vi a mis padres en otro de los retratos.

—Hace muchos años—dijo la abuela— siendo muy jóvenes, en 2018, opositaron para entrar a trabajar en la central nuclear. Ambos se disputaban uno de los mejores puestos. Rivalizaron tanto que se dejaron de hablar. Para nada. Todo fue para nada. La oposición incluía méritos además de un examen. El puesto lo consiguió don Víctor Ramírez—le había contado la abuela, con una tristeza perenne.

—Mi suegro—aclaró Yago.

Blas no salía de su asombro. En la antigua metrópolis apenas eran unas cien personas. Se conocían absolutamente todos.

—Yago, primo, creo que va siendo hora de solucionar las cosas.

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