Libertad

El sol de mediodía acariciaba mi rostro. La suave brisa marina rozaba mis brazos descubiertos.

Al fin había llegado la primavera.

Nos encontrábamos entre los campos de naranjos, a solo unos metros de la playa.

El olor a azahar me transportaba. Me mecía.

Me tumbé sobre la sábana, con los ojos cerrados, dejando que el calor entrara en mi cuerpo.

Entonces oí sus pasos. No abrí los ojos. Me llegó su olor, el olor de quién lleva toda una mañana recogiendo las naranjas del árbol.

Se paró junto a mi cabeza. El olor a naranja y sudor se hizo más intenso.

Sentí sus labios sobre los míos. Su mano sobre mi cuello, su sabor en mi boca.

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