Cuaderno.22 de junio de 2010


Excitación. Era una sensación extraña para mí hasta ahora. He comprendido que lo que estaba haciendo me llevaba a un fin. No alcanzaba a imaginar la grandeza de ese sentimiento. El poder. El control sobre otra persona. Ella me ha conducido al placer más absoluto. Sucede todo según lo planeado. Al fin la tenía delante. Me miraba solo a mí, y he podido sentir ese cosquilleo que me provocaba su cercanía. Durante estas semanas la daba por perdida. Su pelo esplendoroso, su sonrisa perfecta, ya no poseían esa atracción de siempre. Hoy, la he disfrutado al fin. Recuerdo aquel día, cuando la vi en el mercado inspirando el olor de una naranja. Mientras ella se la acercaba al rostro pude percibir el aroma dulzón del azahar. Su piel olía así. Fresca, ligera. No quiero recordar cuando ella estaba con otros hombres. Hoy, era solo mía. Pero de pronto ella ha comenzado a cambiar. Ya no sonreía. Ya no aparentaba ser la misma. La he tenido que abofetear. Ese primer golpe me ha estimulado, un mar de sensaciones llegaba hasta mí. Ella seguía forcejeando, parecía enloquecer por momentos. Otro golpe. Me he excitado muchísimo. Se ha serenado y me he ofrecido a llevarla a casa, de nuevo chillaba, nos acercábamos al coche. Me he alterado y un golpe seco ha provocado que perdiera el sentido. Qué guapa estaba así, relajada. Parecía dormir. Por un instante he querido llevármela a mi hogar; sin embargo, entonces no podría culminar mi plan. La he acompañado al lugar especial donde la conocí, su sitio favorito; un paraje íntimo en el que nadie nos molestaba. He conseguido acercarla hasta la orilla sin problemas, pues había perdido de nuevo el conocimiento. Su rostro se tornaba amoratado. Si quería alcanzar mis planes tenía la obligación de seguir. Cerca del agua sucedió eso que tanto tiempo llevaba anhelando. No ha sido de la forma que yo esperaba, pero he experimentado un deleite inmenso, creía que iba a explotar. No me había excitado así jamás. Cuando puncé su nuca sentí un placer descomunal. Ese crujido que separa la vida de la muerte. Se ha convertido en muñeca de trapo. Me he tumbado a su lado a disfrutar de ese momento único, especial. El rumor de las olas me arrullaba como en mi infancia. Hoy, al fin, he sentido la satisfacción plena.

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