Caperucita

Estoy escondida tras ese árbol central.

-Un, dos, tres…- oigo contar al lobo- cuatro, cinco, seis.

Me asomo con cuidado, apenas lo justo para verlo antes de que se dé la vuelta. Tiene la cara del profesor de matemáticas, de la de dibujo, de la de gimnasia. Apenas imperceptible, su rostro cambia de uno a otro sin que yo tenga tiempo de respirar.

-Siete, ocho, nueve, diez.

Me observo las manos, han crecido. Ahora soy un adolescente. Lo contemplo a él. Ha cambiado. Ahora es aquel chico del instituto del que me enamoré locamente, aquel que se enrolló con mi mejor amiga. Después, aquel novio que me dejó con lágrimas en los ojos diciéndome que nunca me iba a olvidar.

-Once, doce, trece.

Vuelvo la vista a mis pies. Me veo los zapatos de tacón. Unas piernas fuertes para correr. Aún puedo hacerlo, antes que ese lobo se dé la vuelta. Ese lobo que ahora representa mis problemas de la madurez. Los que más me costará superar. Los tacones se han enterrado en la tierra. Mis piernas no obedecen.

-Catorce, quince, dieciséis.

Ahora, ese lobo, representa demasiadas obligaciones. Está más gordo, se debe haber zampado todos mis sueños. Es más viejo.

-Diecisiete, dieciocho, diecinueve…

Me quito los zapatos, dispuesta a correr. No hay tiempo. Me preparo para la lucha.

-Y veinte.

-¡Estoy aquí!-grito mientras salgo a su encuentro en posición de ataque.

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