DOLOR

Estaban tan cerca el uno del otro
que,
cuando ella levantó los ojos,
se encontró sumergida
en el mar de los de él.
Se detuvo el tiempo,
la respiración
y el latido.

Él se acercó despacio,
la besó
con los labios flojos,
con la voluntad fuerte.
Ella respondió con deseo,
apretando su boca contra
el calor.
Anheló que él correspondiera
con avaricia, sin mesura.
No sucedió.

Sin embargo,
la cogió del brazo,
con fuerza,
rozando el límite
entre el placer y el dolor.

Estiró de ella hasta el rincón
más oscuro,
a lo que respondió con ese deseo
que durante tanto tiempo
había alimentado.
En sueños,
en su soledad,
en su pensamiento.

Tomaron del otro
lo necesario para saciar
su fuego.

Satisfechos,
se besaron.

No fue tan dulce,
ni tan romántico.

Los ojos de él siguieron
hipnotizándola
durante mucho tiempo.
Días, meses, años.
Juventud, madurez.

Esa frontera entre
el placer y el dolor
se desvaneció
lentamente.

Cuando el dolor
arrebató al placer
su derecho a estar,
ella ya no supo
donde ir,
salvo a ese
rincón oscuro
entre sus brazos.

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